Un día, mientras Sevilla era sitiada, y viendo la dificultad para entrar en ella, Fernando III pensó en algún punto débil.

Ante la falta de datos, el monarca, decidió por su cuenta investigar posibles alternativas a tener en cuenta.

Sin comentar nada a sus hombres de confianza, se disfrazó de moro. Durante la noche, estuvo junto a la Puerta de Córdoba, escuchando con atención los comentarios de los guardianes que custodiaban dicha puerta.

Bien avanzada la madrugada, y aprovechando que la puerta se abrió para las gentes del campo, San Fernando aprovechó para entrar en al ciudad. Pudo comprobar cómo era el sistema defensivo y la organización interna de Sevilla. Desde la Puerta de Córdoba, emprendió camino hasta el Alcázar.

Al mismo tiempo que el monarca seguía con sus investigaciones, sus hombres más allegados empezaron a echarle en falta. Y como le conocían perfectamente, salieron en su búsqueda. De este modo, dichos caballeros, se dirigieron a la Puerta de Jerez. Una vez allí, treparon por la muralla introduciéndose en Sevilla.

Se desplazaron hasta la Mezquita Mayor, lugar en el que fueron descubiertos. A partir de este momento, se formó un gran escándalo por toda la ciudad. En las inmediaciones de la Calle Alemanes, se les unió Fernando III, y tras una dura contienda contra los moros, salieron por la Puerta de Jerez.

Es en este momento cuando el monarca, llamó la atención a sus hombres por haber entrado en Sevilla. Uno de ellos, lejos de aceptar la reprimenda, hizo lo mismo con la siguientes palabras: “En paz estamos, Señor, también entrasteis en Sevilla sin nuestro consejo.

Una vez calmados los ánimos, todos volvieron al Campamento Real en Tablada. 

Fuente bibliográfica: Tradiciones y leyendas sevillanas (José María de Mena).

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