Durante el reinado de Argantonio en Tartessos, existía un floreciente comercio realizado por los Fenicios. Oro, plata, vino y aceite eran las principales mercancías que se exportaban desde Tharsis, capital del reino.

Los Fenicios pensaron que si dejaban de intercambiar merc­aderías con Tartessos, los obligarí­an a abaratar sus productos consiguiendo así­ un mayor beneficio. Argantonio se enfureció ante esta actitud y amenazó con romper las relaciones comerciales y expulsarlos del paí­s pero ellos, aposentados en Gadir (Cádiz) e Hí­spalis (Sevilla) ignoraron la advertencia y continuaron el bloqueo.

Argantonio se dispuso a atacar las dos colonias fenicias y para ello dividió su ejército en dos grupos, uno de ellos al mando de su hijo Terión, que se dirigieron hacia ambas colonias para asediarlas. Los Fenicios, habían previsto los pasos del monarca y que la capital de Tartessos, Tharsis, quedarí­a desguarnecida por lo que aprovecharon ese momento para atacarla. La ciudad, sin apenas defensa, quedó completamente arrasada y sus habitantes muertos por las armas enemigas o el fuego.

Argantonio, cuyo ejército asediaba Gadir, al enterarse de la noticia, inició la vuelta para castigar a los que habían destruido Tharsis. Pero ya le estaban esperando, y encerrado entre ellos y los defensores de Gadir, que le siguieron para atacarle, fue derrotado, pereciendo el rey y su ejército en la sangrienta batalla.

Un soldado que sobrevivió a la matanza, camuflándose entre los cadáveres de sus compañeros, pudo acercarse al cuerpo de Argantonio antes de que los Fenicios le encontraran y recogieran las insignias y demás adornos que denotaban su realeza. Desde allí­, ocultándose a los enemigos, pudo llegar hasta la orilla del río Tharsis donde se encontraba Terión al mando del segundo grupo del ejército. Informó al hijo del monarca de lo sucedido y le entregó los collares, brazaletes e insignias reales que habían pertenecido a su padre. Terión juró vengarse y hacerle pagar a sus enemigos la muerte de Argantonio, por lo que se preparó para entrar en combate. Pero antes, por si el destino le era adverso, como había ocurrido con su padre, introdujo las joyas en una vasija y las enterró sin que nadie pudiera ver el lugar donde lo hizo.

La batalla tuvo lugar cerca de Híspalis, con una inusitada fiereza y con miles de bajas en ambos bandos, entre ellos Terión que fue herido de gravedad y no llegó a vivir para ver la conquista de Gadir unos meses después. Las joyas quedaron enterradas en aquel lugar que solo Terión conocía. Así pasaron por aquel lugar romanos, visigodos, árabes y cristianos, hasta que unos 2.500 años después, el 30 de septiembre de 1958, un obrero llamado Alonso Hinojos del Pino, al hacer una zanja para unas obras en el Cerro del Carambolo, encontró un brazalete y junto a él, el conjunto de joyas que una vez el rey Argantonio de Tartessos lució y su hijo Terión enterró para preservarlas de la codicia de los Fenicios, y de esta manera entregarlas­ a las futuras generaciones que poblaran Tartessos.

Fuentes bibliográficas:

-Tradiciones y leyendas sevillanas (José María de Mena).

leyendasdesevilla.blogspot.com.es

sevillanismo.es

aznalfarache.blogspot.com.es

Deje su comentario

comments