gran-poderLa imagen, es una talla realizada en madera de cedro con la peana en pino de segura, de una medida ligeramente superior al natural. Está completamente tallada, con los brazos articulados para disponerlos entorno a la cruz o maniatarlos para traslados y su anual besamanos. Está policromada, con múltiples lagunas históricas en el rostro, asemejando la piedad popular su aspecto doliente.

En 1920, Adolfo Rodríguez Jurado, plantea la posibilidad de que la hechura del Señor del Gran Poder, como las de las esculturas del Cristo de la Conversión de Montserrat y el de la Misericordia del Convento de Santa Isabel sean obras de Juan de Mesa y Velasco. En 1930, Heliodoro Sancho Corbacho encuentra el documento de la carta de pago de la obra, conjunta a la ejecución del San Juan, por los que Juan de Mesa recibe 2000 reales de a treinta y cuatro maravedíes cada uno en una contrato cerrado en Octubre de 1620. En el documento se cita la regencia de la Hermandad por el entonces mayordomo Pedro Salcedo, constando en el mismo Alonso de Castro como pagador y Alcalde de la Cofradía y pudiendo estar vinculado como policromador, al menos de San Juan, el Hermano de la corporación Francisco Fernández de Llexa. Desde entonces se debe reescribir la Historia del Arte y de la Semana Santa en Sevilla y Andalucía, encumbrándose la figura del escultor cordobés, Juan de Mesa.

El Señor del Gran Poder, es una imagen de su tiempo, una escultura moderna en toda la extensión del término, pues es evidente el  reflejo de las doctrinas para la creación de las obras de arte dictadas por el Concilio de Trento. Pero es una imagen contemporánea a la vez, pues sus fundamentos como imagen devocional han crecido con el paso de los siglos hasta su dimensión actual. En ese sentido, como en el estilístico, el Señor del Gran Poder marca un punto de inflexión en la escultura que hasta entonces ilustra las creaciones del cambio de los siglos XVI al XVII, cuyo referente había sido el clasicismo y humanismo, —Montañés en Pasión y en el Cristo de la Clemencia o el mismo Mesa en 1620 con el Crucificado de la Buena Muerte para la Compañía de Jesús—, tornando hacia un arte más temperamental, en el que la fuerza arrasa hacia un realismo que es cercano al pueblo, que conecta con sus sentimientos. Las imágenes, como la del Señor del Gran Poder, llegan a ser dinámicas, reales y cercanas, tanto en los retablos en los que se veneran cada día, como en las calles, sobre los pasos y andas procesionales, en una genialidad espiritual insuperada.

Culminada la belleza formal del Manierismo, la escultura exenta barroca sevillana alcanza en la efigie del Señor del Gran Poder una expresividad única, especialmente marcada en su rostro y en sus ojos, que son plenitud de amor, esperanza y firmeza ante los designios de la vida. Marcada por la emotividad y el dramatismo, que se plasma aquí en la zancada poderosa que lo aturde camino de la muerte, haciendo presagiar un desenlace dramático, pero tomada con la resignación con la que amorosamente envuelve con sus manos el madero que será de su sacrificio. Sabiendo que la gloria será tras la muerte; marcada por el realismo patético que se nutre de la plástica de los estudios del natural, como lo muestran las heridas de su rostro, la corona de la serpiente del pecado que Él derrota, que se enrosca imbricada en su cabeza, las espinas que traspasan la ceja y con ella su mirada de amor, y las que lo hieren en la frente y la oreja, llevando al espectador y devoto hacia un espíritu penitencial en el que Cristo dialoga con el hombre, le muestra resignadamente su destino y lo acoge inundando de ternura y de firmeza al que lo presencia.

Y todo ello lo logra Juan de Mesa dotando a la imagen de una anatomía perfectamente pensada, en la que el cuerpo descompensado, largamente abierto el compás de su zancada, se inclina arqueando su espalda en un dinamismo exacto que evita la caída mostrando a Cristo asiéndose a la Cruz.

Morfológicamente, el Señor del Gran Poder es una imagen acentuadamente poderosa, fuerte y varonil que se adecua muy bien a la tipología humana de la época. La cabeza la presenta levemente inclinada hacia abajo, con la mirada en el espectador, como rey humilde y misericordioso cuyo trono aún tiene que llegar. Aparentemente descarnado por las heridas sobre su policromía desde el s. XIX, se trata de un hombre de mediana edad, con el cabello largo agrupado en mechones del que sobresale el que pende del lado derecho de su frente. Con barba bífida, minuciosamente tallada, presenta el ceño levemente fruncido, las cejas enarcadas, traspasada la izquierda por una de las espinas, y los ojos misericordiosos almendrados, parcialmente entornados, con la nariz abultada en el centro y los labios carnosos, conjugando todo su rostro fortaleza, clemencia y bondad sin límites.

Varias han sido las restauraciones que se le han realizado de un modo documentado. Por un lado, sabemos que en 1776 interviene, como en el paso procesional, el escultor Blas Mölner colocándole nuevas espinas en la corona. Desde ahí hasta 1977, fecha en la que tiene lugar la actuación de Peláez del Espino, el Señor del Gran Poder va adquiriendo la tez morena con la que lo conocemos y se le empieza a llamar popularmente “El Divino Leproso o el Cisquero de San Lorenzo”. Peláez hace una nueva estructura interna metálica que está a punto de terminar con la materialidad lignaria corporal de la escultura. Para sanear esas deficiencias, en 1983 los hermanos Raimundo y Joaquín Cruz Solís actúan integralmente en la escultura, exceptuando el rostro. En esta restauración se recupera la integridad interna de la madera alterada en 1977 y se recoloca el tercer apoyo al Señor del Gran Poder para evitar daños en las salidas procesionales. En 2006, de nuevo los Hermanos Cruz Solís intervienen sobre la cabeza del Señor del Gran Poder, limpiando su policromía ante el progresivo ennegrecimiento que había presentado ésta en las últimas décadas, todo ello con la ayuda de la restauradora Isabel Poza. En 2010 y 2012 se le raparan y sustituyen de nuevo las articulaciones de los brazos por Luis Álvarez Duarte y Pedro Manzano Beltrán respectivamente.

Fuentes bibliográficas:

gran-poder.es

-Apuntes para la historia de la Hermandad del Gran Poder (Rafael Duque del Castillo).

 

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