Es uno de los primitivos establecimientos conventuales que se crearon en Sevilla tras su reconquista a los musulmanes.

Se encuentra documentación de la ubicación de las religiosas en su actual monasterio en 1289, año en que se fecha una carta de Sancho IV el Bravo por la que el monarca hace donación a las clarisas de las casas y jardines que constituían el palacio de su tío, el Infante Don Fadrique.

El monasterio contó siempre con el apoyo de la Corona, así la Reina Doña María de Molina contribuyó a sufragar los gastos de la construcción de la iglesia y del convento. El palacio se fue modificando para acoger la estructura conventual, dejando como último testimonio de éste la Torre de Don Fadrique.

El siglo XVI y el comienzo del XVII vieron el período más intenso en la construcción del actual monasterio.

Doña María Coronel, huyendo del asedio de Pedro I, estuvo refugiada en este convento en el que profesó para posteriormente fundar el de Santa Inés, segundo convento de clarisas de la ciudad.

El Real Monasterio de Santa Clara no llegó a sufrir la exclaustración, aunque durante esa época tuvieron que renunciar a la vida en comunidad, adoptando la “vida particular” que obligaba a acoger huéspedes en el recinto. Su clausura acogió además a los moradores del vecino convento de San Clemente durante la dominación francesa.

El monasterio se sitúa en el barrio de San Lorenzo, originalmente debió ocupar toda la manzana, pero ha ido reduciendo su extensión de forma progresiva, para ocupar actualmente sólo el centro de la misma. El perímetro ha sido vendido de forma gradual, careciendo Santa Clara prácticamente de fachada a la calle.

Su único punto actual de acceso es por la Calle Becas, ya que la entrada principal que da a la calle Santa Clara no está en las mejores condiciones.

La edificación es una combinación de espacios libres y edificados, en el que el claustro principal actúa como elemento articulador que dota de orden a las construcciones, callejas y plazuelas que componen el conjunto. Entre los espacios libres encontramos el propio claustro, el jardín que hace las veces de compás del monasterio, la huerta, frontera con una de las medianeras, y el vacío que rodea a la Torre de Don Fadrique. Los espacios edificados más significativos, tanto por su entidad, como por su significación en la vida conventual, son la iglesia y el refectorio.

La portada que conduce al estrecho pasillo que da paso al compás es el único contacto con la calle de la clausura. Dicha portada es obra del primer tercio del siglo XVII y está presidida por la imagen en azulejería de la Santa titular.

El compás es un patio-jardín con naranjos y palmeras que sitúa una fuente en su centro y en cuyo perímetro se sitúan edificaciones, abren a este espacio libre el pórtico de entrada a la iglesia, ubicado frente al pasillo de entrada, la portada de ingreso a la zona de la torre de Don Fadrique, situada al fondo del patio a la izquierda, y el callejón que conduce a la puerta reglar, enfrentado a la portada anterior.

Las pequeñas edificaciones acogen las viviendas del portero y el mandadero, el torno, junto al cual se dispone la provisoría y una serie de locales que en los últimos años las monjas dedicaron al alquiler como medio para obtener ingresos. El pórtico de entrada al templo fue proyectado por Juan de Oviedo y Miguel de Zumárraga en el primer tercio del s. XVII, y a él abren la vivienda del capellán y la sacristía de afuera. La portada tardogótica, de principios del XVI, que sirve de acceso al área donde está la Torre de Don Fadrique, perteneció al Colegio de Maese Rodrigo y que fue trasladada aquí por el Ayuntamiento. Y por último, en el callejón que da acceso a la puerta reglar, junto a la cual se sitúa la clavería, se ubican los locutorios.

La Torre de Don Fadrique, único resto conservado del palacio del Infante del mismo nombre que fue el germen del convento, se dispone al fondo de un espacio de planta próxima al rectángulo que se sitúa tras el ábside de la iglesia, separándose de la huerta tan solo por una tapia. A la huerta abren la sacristía interior, alguna de las viviendas de la época de la “vida particular” y alguna celda dormitorio, comunicándose mediante una callejuela con el claustro principal.

Este hermoso claustro, fechado en 1532, es de planta cuadrada y dos cuerpos de altura, con arquerías sobre columnas. Éstas se componen de columnas sobre las que voltean ocho arcos de medio punto en el orden bajo y carpaneles en el alto, todos ellos enmarcados por alfiz, excepto en la galería oeste del nivel superior, que aparece cegada y en la que sólo se abren tres pequeñas ventanas de raigambre mudéjar. En la planta baja las paredes se decoran con un zócalo de azulejos.

En torno al claustro se disponen la iglesia, la provisoría, el despacho de la abadesa, la Capilla del Nacimiento, la enfermería baja, algunas celdas, el refectorio, la sal de consultas, la celda prioral y la escalera principal.

El refectorio y la iglesia presentan una disposición inusual, ya que entestan perpendicularmente con el claustro por uno de sus lados menores, disponiéndose ambas piezas en lados enfrentados del mismo, aunque el refectorio se sitúa a eje de la cara sur y la iglesia en una esquina, la noroeste.

El refectorio es de planta rectangular y dimensiones muy alargadas, se accede a él desde el anterrefectorio y a un lado encontramos la cocina y la provisoría.

El inicio de la construcción de la iglesia data del siglo XV y es de estilo gótico mudéjar. Su planta es del tipo denominado de cajón, por poseer una única nave, que presenta cabecera ochavada y cuyos coros alto y bajo se sitúan a los pies. En el muro de la Epístola, a la derecha, se encuentra la zona destinada a Sala de “Profundis” y cementerio, así como la sacristía interior y los confesionarios. En el otro muro abre la sacristía de afuera, que se comunica con la vivienda del capellán y el pórtico de entrada a la iglesia anteriormente descrito.

La cabecera se cubre con bóveda ojival nervada hasta el arco toral y la nave con un magnífico alfarje de carpintería mudéjar.

Otros elementos a destacar en el templo son los bellos zócalos de azulejos, que sobrepasan los dos metros de altura, fechados los del presbiterio en 1565, la espadaña, ejecutada por Juan de Vandelvira y Diego Coronado, y el sepulcro del Obispo de Silves don Álvaro Peláez, con una estatua yacente sobre sarcófago de estilo gótico de la mitad del siglo XIV situado en la zona de enterramiento de las monjas.

La imponente caja de la escalera principal se cubre con un artesonado, al igual que los dormitorios altos. Éstos se disponen sobre los bajos, en la zona este del convento y fronteros con la calle Becas tras la crujía donde se sitúa la Capilla del Nacimiento. El muro de la calle Becas se presenta al exterior completamente ciego, preservando la clausura.

Fuentes bibliográficas:
espaciosantaclara.org
sevillapedia.wikanda.es
sevillaguia.com
culturadesevilla.blogspot.com
visitasevilla.es
juntadeandalucia.es
iaph.es
-Apuntes para conocer Sevilla (Jaime Passolas Jáuregui).
-Iglesias de Sevilla (Manuel Jesús Roldán Salgueiro).
-Conventos de Sevilla (Manuel Jesús Roldán Salgueiro).
-Sevilla. El casco antiguo. Historia, arte y urbanismo (Diego Cardoso Bueno).

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